Seamos sinceros, a nadie le gusta la publicidad. Ni siquiera a los publicistas, sobre todo si no es la suya. Todos cambiamos de canal cuando empiezan los anuncios, bajamos la cabeza cuando se nos acercan para intentar vendernos algún producto, incluso miramos por la mirilla de la puerta y si nos parece que es alguien que quiere publicitar algún producto casa por casa, o no la abrimos o sentimos la tentación de no abrir.

Hemos llegado a estar tan saturados de publicidad, que hay canciones que cantamos y nos sabemos de memoria sin siquiera saber el producto que vendían. Comentamos frases hechas que alguien ha visto por la televisión o ha escuchado por la radio y poco a poco se van convirtiendo en expresiones cotidianas que todo el mundo usa. Observamos una caja de galletas en el supermercado y parece que vemos asomar al pequeño monstruo que las anuncia y que se las come con tanta ansia.

A nadie la gusta la publicidad, es cierto. Sin embargo, a todo el mundo le gusta recibir regalos publicitarios, no importa lo que sea. En casa seguro que miramos y tenemos vasos que nos ha regalado alguna marca o tapetes con logo que nos dieron por la compra de algún paquete de bebidas…

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